La concentración de ayer de Voces contra el Terrorismo fue, posiblemente, la más emocionante de todas a las que he asistido. Momentos como La muerte no es el final o, sobre todo, el impresionante testimonio de Toñi Santiago hiceron brotar las lágrimas de muchos de los congregados en la Plaza de la República Dominicana y alrededores. Que prácticamente toda la casta política, la mayoría de los medios de comunicación y una parte no despreciable de la sociedad no ya es que muestren indiferencia sino que desprecien a las víctimas del terrorismo, es algo que me encabrona enerva sobremanera y que debería llevar a una profunda reflexión sobre la catadura moral de la sociedad (¿o suciedad?) española en su conjunto.
Porque, de momento, y a pesar de las lágrimas de cocodrilo y los aplausos con las orejas de no pocos, aquí hay unos vencedores y unos vencidos que no son los que me gustarían. Menos mal que parece que el personal no está por tragarse esta engañifa a pesar de que luego no respalde con su presencia los llamamientos de las víctimas (y, en particular, de esta noble y no vendida asociación de víctimas que es VCT).
Tenía pensado realizar un repaso por la ignominia de los medios de (in)comunicación pero no merecen que les dedique ni un segundo de mi tiempo, salvo a la dicotomía entre el diarío Público y sus lectores (soprendente...) y a ese despreciable ser que hace honor a su apellido. Hay que ser rastreros y no se puede caer más bajo... Por el contrario, sí tengo que felicitar a La Gaceta de Salamanca (el único diario salmantino que se hace eco de la concentración), a Fernando Lázaro en El Mundo, a Bieito Rubido por su cambio de timón en ABC respecto a la anterior dirección, en especial al Grupo Intereconomía y, sobre todo, a Libertad Digital y esRadio. Gracias a ellos, la Nación española todavía sobrevive.
Fue una tremenda satisfacción y un orgullo el estar ayer en la Plaza de la República Dominicana, un deber moral con las víctimas del terrorismo y una obligación para con la libertad de (y en) España. No es la primera vez que lo escribo ni será la última. Pero también tengo un deje de tristeza porque tengamos que llegar a esto para pedir lo más elemental. Por cierto, a mí tampoco me callarán.

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